Imposible no perderse entre miles de puestos, tiendas artesanales, entre el bullicio de motos, personas, carromatos e, incluso, burros y vacas llevados por callejuelas que no superan los tres metros de ancho, con toda la mercancía en mitad de la calle, arrastrada hacia los ojos del comprador, instándole a adquirir baratijas, obras de arte, oro y plata, especias, cocina del lugar, maquillaje natural o perfumes recién destilados. Esta es la historia del bazar de Marrakech, de su atardecer dorado. No te pierdas la primera entrega de esta aventura y ¡disfruta, viajero feliz!

El atardecer de fuego de Marrakech

No hay nada que enamore más que el bazar de Marrakech. Bueno, sí que lo hay; los dulces de Marrakech. En general, Marruecos es un país con una gastronomía que no merece esos prejuicios con respecto a la supuesta falta de higiene de sus cocineros. Y, aunque, es cierto que, en muchos casos, sus restaurantes nos recuerdan a esas tascas que tanto nos gustaban cuando éramos niños y que frecuentaban nuestros abuelos… ¿qué hay de malo en eso?

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Tradición, cultura y un cierto sabor a humanidad, a esa humanidad ya olvidada en Europa, hacen de Marrakech una ciudad mística, cargada de sensaciones enfrentadas.

La contradicción con lo que acabo de escribir aparece cuando me pongo a relatar lo que sucedió a continuación; el agobio, la tensión, las horas andadas, el cansancio y la necesidad de esforzarse para todo – para encontrar un lugar en el qué comer, por ejemplo – hicieron que las últimas horas del primer día en Marrakech fueran agotadoras.

Marrakech

Fue entonces cuando se nos ocurrió sentarnos en una terraza – en la que solo había hombres – y disfrutar de un té de menta. Estábamos justo en una de las entradas a la medina. Ya había caído la noche, no sin antes enamorarme de ese atardecer dorado de Marrakech.

En un primer momento, pensé que podíamos haber elegido otra cafetería pero, solo unos segundos después, estaba ensimismada observando un río que fluía imperturbable. Ese río de personas que cruzaban sin mirar, de coches, de carromatos con animales, de motocicletas, de bicicletas, de más gente cruzando con una seguridad y tranquilidad temerarias, era la perfección del caos.

Un caos que se reequilibraba a sí mismo, que no necesitaba ni de semáforos ni de indicaciones. Porque ahí no había peatones ni coches. Ahí solo había personas, personas que iban de lugares a lugares. Nada más. Fue en ese momento de locura, lucidez e imperturbabilidad  que conocí lo que significaba Marrakech realmente; el uróboros, el animal que engulle su propia cola. Un ciclo infinito y tremendamente bello.

¿Quieres seguir descubriendo Marrakech? ¡Acompáñanos al resto de esta historia de un viaje a Marrakech (III).

Imágenes: Alex Bayorti , Noelia Poblete .